Recordando el éxtasis que le había invadido cuando sus manos se rozaron por primera vez, el pensó apoyado en el instinto que nos da la ternura, que si la perdía su vida no valdría nada; ambos seguían sintiendo los mismos síntomas de amor, la llama sagrada, el irresistible flechazo lo cual hace asomarse a los recuerdos y la memoria.
Debía confesar con la mano en el corazón y ante el mundo entero, que su sola belleza refinaba la pasión que el sentía, hasta convertirla en ese amor honesto y definitivo con el cual tanto había soñado. Sintiendo el cosquilleo de la dicha en sus entrañas, se elevo desde los sueños hasta esa realidad en que su sufrimiento era tan sólo un profundo vacío…
Colaboración de
Leandro Zúñiga
Chile
